La universalización de la educación obligatoria en países desarrollados supuso una gran conquista vinculada a la lucha por la materialización de los derechos humanos. No obstante, hoy en día, la sociedad no se conforma con una educación para todos, sino que exige una educación de calidad para todos. Desde esta filosofía surge la atención a la diversidad como el principio regulador de la acción educativa que parte del reconocimiento de las diferencias que presentan los alumnos en el proceso de aprendizaje y que se compromete a ofertar una atención formativa ajustada a las necesidades educativas detectadas. En esto inciden tanto factores personales como ambientales:
- Factores personales:
Intereses: que evolucionan a medida que los alumnos se desarrollan y avanzan en su proceso de aprendizaje (intereses de adquisición de experiencias perceptivas, lúdicas…), de organización y valoración (intereses naturales, éticos y sociales, sexuales…).
Motivaciones: mecanismos que se activan por la acción de factores intrínsecos (consolidar destrezas, incrementar su competencia, satisfacer su curiosidad…), otros en relación con la valoración social (aprobación familiar, de profesores, compañeros,…), otros que se dirigen a la consecución de recompensas externas y concretas (premios, alabanzas, oportunidades profesionales…).
Capacidades: sensoriales y motrices, cognitivas, comunicativo-lingüísticas, socioafectivas.
Ritmos de aprendizaje.
- Factores ambientales:
Recursos sociales, culturales, materiales y técnicos.
Actitud de la familia con respecto a las características personales del alumno.
Interacción con los adultos.
Estimulación recibida.
El reconocimiento de las diferencias que manifiestan los alumnos exige, a su vez, la oferta de una respuesta educativa igualmente diferenciada. Así, la atención a la diversidad constituye el principio regulador de la acción educativa que parte del reconocimiento de las diferencias manifestadas por los sujetos que aprenden y que se compromete a ofertar una atención formativa ajustada a las necesidades educativas detectadas. Nuestro sistema educativo adopta un modelo de educación “en y para la diversidad”, que se caracteriza como proponen Sánchez Palomino y Torres González (2002), por asumir los siguientes postulados:
Asume como punto de partida el hecho diferencial humano.
Establece como elemento de riqueza y progreso el respeto a la diversidad.
La diversidad se refiere a los distintos modos y ritmos de aprendizaje, es decir, a la capacidad para aprender.
Busca la autonomía, al fundamentarse en las competencias del sujeto.
Analiza los procesos de aprendizaje en desarrollo, o lo que es lo mismo, la inteligencia dinámica.
Busca estrategias de enseñanza y de aprendizaje cooperativas.
Considera al alumno reconstructor de su propio conocimiento.
Asume necesidades educativas diversas que hay que contextualizar, secuenciar y temporalizar.
Necesita un currículo que se adapte a las diferencias, es decir, un currículo abierto, flexible, dinámico.
Se sitúa en las coordenadas de una educación inclusiva, que es aquella que no necesita integrar, pues no segrega.
Aboga por una cultura solidaria y democrática.
Este modelo exige un nuevo planteamiento de escuela: una escuela abierta a la diversidad, para todos, flexible, capaz de responder a las diferencias que nos manifiestan los alumnos, adecuar sus recursos y sus formas de enseñar para responder a todos aquellos alumnos que requieren una intervención diferencial, de manera transitoria o permanente. Hablamos, por tanto, de la escuela inclusiva. Desde las escuelas inclusivas se enfoca la diversidad como un valor enriquecedor y se defienden que las dificultades de aprendizaje que los alumnos pueden presentar están relacionadas directamente con la forma en que las escuelas están organizadas. Por este motivo, es necesario transformar la escuela como institución para lograr una educación de calidad para todos. La escuela inclusiva, pues, se caracteriza básicamente por:
No ejercer la discriminación, al tratarse de una escuela para todos.
Considerar las diferencias como aspectos enriquecedores del grupo.
Incrementar la participación de los alumnos.
Adoptar la flexibilidad curricular para garantizar una respuesta adecuada a las diferencias.
Perseguir una educación de calidad.
Y puede decirse que esta supone:
Adaptar el currículo.
Acomodar el edificio.
Modificar las actitudes y valores.
Ajustar el lenguaje e incorporar nuevas formas de comunicación.
Ofrecer diversidad de materiales y adaptarlos.
Introducir modelos pertinentes, entre otros cambios que posibilitarán pasar de la integración a la auténtica inclusión.
La educación en y para la diversidad debe asumir y desarrollar los siguientes principios que caracterizan el actual modelo educativo enmarcado en la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE).
Igualdad de oportunidades.
No discriminación.
Cooperación.
Compromiso con las necesidades y problemas.
Comprensividad.
Adaptación.
Flexibilidad.
Autonomía.
El aula constituye el espacio interactivo en el que toman forma los procesos enseñanza y aprendizaje y en donde, en último término, debe producirse el ajuste entre la actividad del alumno o alumna y la ayuda del profesor en el contexto de la tarea concreta que se esté llevando a cabo en cada momento. Realizar este ajuste a las distintas formas de aprender de los alumnos de la clase supone, ante todo, conocerlos lo mejor posible. Es decir, entender cómo aprenden, tanto desde el punto de vista cognitivo (estilos de aprendizaje, conocimientos previos), como desde el afectivo y social (seguridad ante el aprendizaje, tipo de motivación, actitud ante el trabajo en grupo o el individual). Conocer en profundidad a los alumnos y alumnas permitirá al docente ajustar su ayuda en cada caso.
Para ello es necesario adoptar formas de enseñanza que trasciendan los modelos organizados en torno a explicaciones verbales del docente, tras las cuales los alumnos y las alumnas realizan las actividades. Resulta mucho más adecuado utilizar enfoques de aprendizaje basado en problemas y el enfoque de proyectos que otorgan el protagonismo a la actividad del alumnado y que respetan los principios de funcionalidad y autenticidad. Los planes de trabajo permiten ritmos más individualizados de trabajo, formas distintas de afrontar la tarea, y grados de aprendizaje diversos. En el diseño de las tareas es preciso cuidar que puedan resolverse en distintos niveles de logro, es decir, que puedan abordarse partiendo de diferentes grados de competencia y no obstante poder afrontarla. Esto remite, sin duda, a actividades de aprendizaje relevantes, enjudiosas y no meros ejercicios de carácter repetitivo.
Desde esta filosofía surge la atención a la diversidad como el principio regulador de la acción educativa que parte del reconocimiento de las diferencias que presentan los alumnos en el proceso de aprendizaje y que se compromete a ofertar una atención formativa ajustada a las necesidades educativas detectadas. En esto inciden tanto factores personales como ambientales:
- Factores personales:
- Factores ambientales:
El reconocimiento de las diferencias que manifiestan los alumnos exige, a su vez, la oferta de una respuesta educativa igualmente diferenciada.
Así, la atención a la diversidad constituye el principio regulador de la acción educativa que parte del reconocimiento de las diferencias manifestadas por los sujetos que aprenden y que se compromete a ofertar una atención formativa ajustada a las necesidades educativas detectadas.
Nuestro sistema educativo adopta un modelo de educación “en y para la diversidad”, que se caracteriza como proponen Sánchez Palomino y Torres González (2002), por asumir los siguientes postulados:
Este modelo exige un nuevo planteamiento de escuela: una escuela abierta a la diversidad, para todos, flexible, capaz de responder a las diferencias que nos manifiestan los alumnos, adecuar sus recursos y sus formas de enseñar para responder a todos aquellos alumnos que requieren una intervención diferencial, de manera transitoria o permanente. Hablamos, por tanto, de la escuela inclusiva.
Desde las escuelas inclusivas se enfoca la diversidad como un valor enriquecedor y se defienden que las dificultades de aprendizaje que los alumnos pueden presentar están relacionadas directamente con la forma en que las escuelas están organizadas. Por este motivo, es necesario transformar la escuela como institución para lograr una educación de calidad para todos.
La escuela inclusiva, pues, se caracteriza básicamente por:
Y puede decirse que esta supone:
La educación en y para la diversidad debe asumir y desarrollar los siguientes principios que caracterizan el actual modelo educativo enmarcado en la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE).
- Igualdad de oportunidades.
- No discriminación.
- Cooperación.
- Compromiso con las necesidades y problemas.
- Comprensividad.
- Adaptación.
- Flexibilidad.
Autonomía.El aula constituye el espacio interactivo en el que toman forma los procesos enseñanza y aprendizaje y en donde, en último término, debe producirse el ajuste entre la actividad del alumno o alumna y la ayuda del profesor en el contexto de la tarea concreta que se esté llevando a cabo en cada momento. Realizar este ajuste a las distintas formas de aprender de los alumnos de la clase supone, ante todo, conocerlos lo mejor posible. Es decir, entender cómo aprenden, tanto desde el punto de vista cognitivo (estilos de aprendizaje, conocimientos previos), como desde el afectivo y social (seguridad ante el aprendizaje, tipo de motivación, actitud ante el trabajo en grupo o el individual). Conocer en profundidad a los alumnos y alumnas permitirá al docente ajustar su ayuda en cada caso.
Para ello es necesario adoptar formas de enseñanza que trasciendan los modelos organizados en torno a explicaciones verbales del docente, tras las cuales los alumnos y las alumnas realizan las actividades. Resulta mucho más adecuado utilizar enfoques de aprendizaje basado en problemas y el enfoque de proyectos que otorgan el protagonismo a la actividad del alumnado y que respetan los principios de funcionalidad y autenticidad. Los planes de trabajo permiten ritmos más individualizados de trabajo, formas distintas de afrontar la tarea, y grados de aprendizaje diversos. En el diseño de las tareas es preciso cuidar que puedan resolverse en distintos niveles de logro, es decir, que puedan abordarse partiendo de diferentes grados de competencia y no obstante poder afrontarla. Esto remite, sin duda, a actividades de aprendizaje relevantes, enjudiosas y no meros ejercicios de carácter repetitivo.